Premio entreFotos 2011



Alejandro Castellote


Premio 2011, por Alejandro Castellote

Habito en esa burbuja endogámica que es el mundo del arte: un microcosmos donde la ansiedad, las envidias, las obsesiones, las paranoias y la grandilocuencia impostada son patologías habituales. Comparto escenario con artistas y comisarios arrogantes, millonarios ociosos, críticos visionarios, trepas y advenedizos en busca de glamour social. La bisoñez y la impostura conforman una especie de textura superficial e inane del mundo del arte, pero si nos animamos a atravesar esa primera epidermis encontraremos, con más frecuencia de la que uno podría sospechar, a personajes extraordinarios, poseedores de una atractiva personalidad que oscila permanentemente entre la fragilidad y la genialidad. Los encuentras por todo el mundo. Son individuos singulares, excepcionales. Grandes maestros con egos minúsculos. Esta profesión de nombre inquietante a menudo me ha permitido rebozarme en la sabiduría de estos unicornios sociales. De ellos y ellas he aprendido lo mejor de lo que sé y de lo que soy.

Trabajar en Madrid me ha obligado a relacionarme con los grandes nombres de la fotografía, pero a lo largo de estos treinta años de profesión son muchas las ocasiones en los que los proyectos me han llevado fuera de mi ciudad y de mi país. Tener la oportunidad de adentrarme en otras culturas, más allá de la superficialidad a la que uno accede viajando como turista, ha cambiado sustancialmente la percepción que tengo de mi país y de mí mismo, pero sobre todo me ha generado un enorme síndrome de Estocolmo con algunas zonas del mundo. Latinoamérica es, sin lugar a dudas, mi territorio de adopción. Muchos de mis grandes amigos viven allá. Y mucha de la fotografía que más admiro procede de allí.

Una y otra vez la palabra privilegio la tengo asociada a mi profesión, un concepto que comparto con muchos colegas y con muchos fotógrafos. Y una de las maneras de devolver todo lo que le debo a la fotografía es la enseñanza. Acumular información y no poder compartirla es probablemente lo más frustrante de mi trabajo. Por eso los talleres y las clases son para mí un espacio de crecimiento y de intercambio. Me ayudan a procesar lo que he aprendido y me obligan a estructurar el modo de comunicarlo. Por otro lado, mi participación en jurados, especialmente aquellos orientados a quienes comienzan a expresarse a través de la fotografía, ha ampliado los límites de mi relación con el medio; seguir de cerca a algunos jóvenes creadores me ha permitido comprender las mutaciones que la imagen ha experimentado en las últimas décadas. Conocer a los autores, escuchar sus reflexiones y asistir, casi sin darme cuenta, a la ruptura formal y conceptual que han desarrollado en el ámbito de la fotografía, me ha liberado de posiciones resentidas o fundamentalistas.

En cierto modo, nunca he dejado de ser fotógrafo y por ello tengo la sensación de seguir hablando con los autores una lengua común. Tal vez por ese motivo, para mí es fundamental conocer a la persona que hay detrás de una obra; y a ello me aplico siempre que puedo pues, en mi opinión, la clave de la honestidad que transparentan algunos trabajos está siempre en las personas que los generan. En algunas ocasiones, afortunadamente no muchas, hubiera preferido no conocer al autor: cuando la experiencia de ese encuentro ha resultado decepcionante, me resulta muy difícil volver a relacionarme con sus obras sin prejuicios. La fotografía, como el arte en general, tiene un poderoso e insoslayable vínculo con la vida y con la manera en que nos relacionamos con ella.

Mi ego y yo agradecemos de corazón este premio, pero soy consciente de que es el reconocimiento a toda una generación que ha dedicado una buena parte de su vida a la fotografía. Los comisarios disfrutamos en estos últimos años de una exagerada visibilidad, pero no debemos olvidar que nos ganamos la vida gracias a los fotógrafos. Para ellos va toda mi admiración, mi agradecimiento y mi respeto.

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